Ajusticiando, Las Desventuras del Joven Werther de Goethe.

Nunca un libro me ha producido mayor impresión en una segunda lectura como el Werther de Goethe. ¡Qué sublime maravilla; trágica pero embelesante!

Ya como frontispicio anunciaba el insigne polímata germano un axioma infalible: «Todos tienen un momento en su vida en el que sientan que Werther ha escrito solo para ellos». Es cierto, irremediablemente cierto. No solo por atravesar un desamor profundo o fracasado se identifica uno con el libro sino que se puede crear ese vínculo al presentar un repentino y marcado bajón anímico de características profundamente depresivas. Yo, lo confieso, no me he visto involucrado en trajines emocionales ni en depresiones tan claras como para ver en mi reflejo a un gemelo wertheriano; pero de igual modo me ha producido una impresión insólita. ¡Alabada la pluma de Goethe que logra reanimar mi pasión literaria justamente allí donde ni Dostoyevski pudo!

GoetheLa novela, aunque de aspecto anodino, encierra un halo tan potente como para estremecer hasta sus cimientos la concepción artística de una época. No en balde son mis palabras, su aparición supuso la estocada mortal del clasicismo académico y la subordinación del formalismo del Arte ante las pasiones intuitivas que son la marca personal del artista; ese destello por el que se le otorgan méritos, reconocimiento y recuerdo. Un arte esencialmente formal supone la aplicación de reglas cuasicientíficas excluyentes del todo la huella personal: el cómo mezclar sonidos, colores, elementos, palabras en un párrafo sin dejar lugar ninguno a la intuición humana. Allí donde el formalismo finalmente cede su justo lugar a la pasión es donde nace el Romanticismo cuya piedra angular es el Werther de Goethe junto, acaso, a los Bandidos de Schiller; los próceres del Sturm und Drang que más adelante infectaría por el mundo entero no solo a escritores como, Dostoyevski o Stendhal; sino también a músicos, como Bethoveen o Wagner; escultores como Arno Breker; pintores como Konstantín Makovski, Delacroix, Fuseli o el autor de mi foto de portada, Peter Nicolai Arbo o filósofos de la talla de Schopenhauer y Nietzsche. Tal es la importancia de un simple y rebelde librito de poco más del centenar de páginas.

13-goethe-werther-grangerSu éxito radica, quizá, en la forma en que se haya escrito. Es una novela epistolar, es decir, escrita en forma de cartas donde cada una procede del personaje principal relatando sus aventuras y cuitas con la misma familiaridad de como si fuésemos sus amigos íntimos de toda la vida. Esa calidez en el trato abre la posibilidad a encariñarse con la obra que, como anunciaba Goethe, pareciera haber sido escrita para nosotros mismos al ponernos en la piel del receptor de tan convulsa correspondencia. Marca el paso de un ser francamente ameno hacia uno profundamente decepcionado por la vida cuyo final, se adivina, es el suicidio. Tan atractiva resultó la obra en su momento que, de hecho, se le atribuyen una inesperada serie de suicidios acontecidos entre las juventudes de ánimos exaltados que le eran lectores fieles. Razón por la cual, entre otras, Goethe acabó sintiendo una repulsión a su misma creación.

4-goethe-werther-grangerLa única objeción que le tengo es que al inicio, cuando el personaje era todo alegría bajo el sol, su narrativa es distraída en grado superlativo, singularidad corregida a fuer de penalidades. De ahí que un loco compatriota suyo declarara sin reparo que para parir una brillante estrella es preciso tener un caos interno. Pocas son las excepciones a la regla; pocas, en verdad, muy pocas. Yo no conozco ninguna.

Yo, sin embargo, le tengo una admiración enorme. No le podemos denominar la síntesis del Romanticismo al que me declaro abiertamente un fanático, pero le podemos declarar como su génesis. Ninguna estantería respetable puede tener un hueco empolvado a cambio de su presencia así como ninguna cabeza interesante puede continuar siéndolo ignorando su contenido.

Acabando con justicia el asunto nos enfundamos el capuchón de verdugos.

Calificación: 9,6.

Sentencia: Enmarcarlo para colocarlo colgante cerca del escritorio… o enviarlo a una mujer sensible con problemas amorosos para, indiscretamente, encaminarla al suicidio. Eso me ayudaría a borrar una de las cosas de mi lista.

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